
EL JARDÍN DEL EDÉN
Era ya casi de noche cuando la campanilla del Arcángel sonó con tañido argentino a las puertas del Jardín del Edén.
—Vamos, señores —dijo—, por favor, vayan desalojando. Ya es la hora.
Los que estaban dentro fueron cruzando la verja, con cierta mirada de extrañeza dirigida al Arcángel. Éste seguía tocando su campanilla, ajeno a las miradas. Sólo Adán se encaró con él:
—Pero nunca antes… —comenzó a decir.
—Órdenes de arriba —el Arcángel no tenía ganas de discutir, él era un simple mandado. Siguió agitando su sonoro instrumento.
Como advirtiera que, pese a todo, la mirada de Adán seguía clavada en él, solicitando una explicación, se vio obligado a bajar la voz y confesarle:
—Últimamente se ven por aquí tipos muy raros —susurró—. Ha crecido la delincuencia —y volvió a agitar la campanilla.


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