Näo, niet, not, niente, …¡No!
Fue la primer palabra.
Fue la primer palabra.
En su mirada, lo ingenuo y el verde de la infancia, apreciaban atónitos el comienzo del Apocalipsis:
-¡Dosto… Dosto, corre corre ven!
Gritó su madre, desesperada, desde la ventana de su casa y de pronto, es fuego todo, y el rojo entero se reflejó en sus ojos, ya no verdes, ya no infantes:
-¡Mamá…!
Entonces lo tomé por la cintura, lo cargué en mi hombro y comencé a andar; siento su corazón latir y siento el mío, porque ambos tienen miedo y corro, corro corro corro no sé adónde corro cargando a un niño que llora en medio de explosiones, humo, gritos, y aviones.
Por fin el hospital.
-¡Maldición!, son más poderosos que nosotros, no podemos enfrentarlos directamente, nos aplastarían.
-¿Y qué pretendes?, ¿no hacer nada y dejarlos que se salgan con la suya?; si no los detenemos ahora, continuaran, más y más; debemos hacer algo.
–Muchos morirán.
–Ya estamos muriendo.
En el hospital, colapsado, apenas diez camas para cientos de heridos cuando una enfermera se acerca y, derrama su amplia sonrisa sobre el niño que ahora llora sin sonidos, y sin lágrimas:
-¿Cómo te llamas?
–(…)
–Creo que su nombre es Dosto, así lo llamó su madre.
-¿Y ella, donde está?
Apreté los labios, moví la cabeza hacia los lados.
–Entiendo. Ven.
El niño miró aturdido a su alrededor, luego a mí.
–¡Sí Dosto!, ve
La enfermera lo tomó de la mano y desaparecieron entre cuerpos mutilados, túnicas blancas rojas y el pestilente olor a sangre, que me obligó a salir del lugar, para vomitar.
–Estos desgraciados no pelean como soldados, golpean, y luego se esconden tras los niños y las mujeres, las escuelas y los hospitales, ¡cobardes!, pero esta vez, no les va a funcionar.
–¿Acaso piensas arrasar con toda la población?
–No, con toda no; sólo con los lugares donde sabemos se esconden.
–Aún así, muchos inocentes van a morir.
–Mejor sus inocentes que los nuestros.
Cuando logré recomponer mi estómago, observé la destrucción a mi alrededor, y deseé escuchar ese canto de gallo, que llega tras la noche eterna, mientras avanzaba arrastrando los pies, pero todo lo que oí, fue el silbido de un misil, que entro por la ventana del hospital. Explotó a mis espaldas. La ira me envuelve y no cede. Intenté calmarme, respirar, y caminar con la frente alta, despejada de toda malicie; aunque allí la cordura, fue extirpada hace ya tiempo.
DCF


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